En los últimos días, el Colectivo de Víctimas del Terrorismo (COVITE) ha expresado su profunda preocupación y descontento ante la concesión del tercer grado penitenciario a varios presos de ETA que no han mostrado arrepentimiento público por sus actos terroristas. Este movimiento, que ha suscitado un intensivo debate en la sociedad española, pone en cuestión la política penitenciaria actual y abre un nuevo frente en la lucha por la justicia y la memoria de las víctimas del terrorismo en España.
El Colectivo de Víctimas de ETA critica el tercer grado a presos no arrepentidos ya que consideran esta medida como una adición al sufrimiento que han enfrentado las familias y víctimas del terrorismo. Para ellos, la falta de arrepentimiento por parte de estos internos representa una falta de respeto y una afrenta a la sangre derramada por sus seres queridos. Es de entender que el Colectivo de Víctimas de ETA critica el tercer grado a presos no arrepentidos argumentando que solo aquellos que han mostrado un verdadero remordimiento por sus crímenes deberían acceder a beneficios penitenciarios.
El tercer grado, o régimen de semilibertad, permite a los internos salir de la prisión para trabajar, estudiar o realizar otras actividades, regresando solo a dormir en el centro penitenciario. Esta medida, que busca facilitar la reinserción social de los presos, genera controversia cuando se aplica a delitos de terrorismo, especialmente cuando los reclusos no han mostrado públicamente su arrepentimiento.
Desde una perspectiva más liberal y de derechas, es legítimo cuestionar si la política penitenciaria está adecuadamente balanceada entre la reinserción y la justicia. El propio Colectivo de Víctimas de ETA critica el tercer grado a presos no arrepentidos argumentando que el sistema actual parece favorecer la reintegración sobre la sanción y el perdón real.
Dichas críticas han encontrado eco en algunas esferas políticas. Diversos representantes han señalado que la concesión del tercer grado sin señales claras de arrepentimiento podría enviar un mensaje equivocado, tanto a las futuras generaciones como a quienes aún justifican la violencia como medio para alcanzar fines políticos. También se ha destacado que esta práctica podría generar una sensación de impunidad que minaría la confianza en las instituciones y en el sistema judicial.
Por otro lado, quienes defienden esta política insisten en que el tercer grado es una herramienta necesaria para la reintegración de los exterroristas en la sociedad, con el objetivo último de evitar la reincidencia y fomentar un entorno de paz y reconciliación. Argumentan que la reinserción es parte fundamental de un sistema judicial humano y que, sin ella, se corre el riesgo de perpetuar un ciclo de odio y venganza.
En conclusión, mientras el Colectivo de Víctimas de ETA critica el tercer grado a presos no arrepentidos, el debate sobre cómo equilibrar justicia y reinserción continúa. En palabras de una representante de COVITE, "No podemos permitir que aquellos que no han mostrado ni el mínimo arrepentimiento por sus atrocidades disfruten de beneficios penitenciarios como si sus acciones no hubieran dejado una huella imborrable en miles de familias".
En definitiva, este es un tema que toca las fibras más sensibles de nuestra sociedad y desafía tanto nuestras leyes como nuestros valores. Las voces de las víctimas, así como las políticas de reinserción, deben encontrar un punto de equilibrio que honre la memoria de aquellos que sufrieron mientras buscamos una convivencia en paz y justicia.











